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Natalia Málaga posa para revista Cosas

Natalia Málaga: Salvaje Simpatía


Como jugadora alcanzó la gloria con la selección peruana de vóley; como entrenadora ganó el Campeonato Sudamericano Juvenil 2012, año en que además fue considerada “la mujer más influyente del Perú”. Recientemente condujo a “las matadorcitas” a un memorable cuarto lugar en el torneo mundial. Pero ¿cuál es el origen de su arrollador carácter? ¿Hay tiempo para la ternura en una mujer de 49 años que parece vivir siempre a toda máquina?



A las siete y media de la mañana, la entrada principal del Colegio María Reina es un caos. Hileras de autos se entrecruzan en la avenida Pardo y Aliaga buscando un buen lugar para estacionarse por unos segundos. Chicos y chicas uniformados se despiden de sus padres, apurados, con cara de sueño, y bajan de los vehículos. Quince minutos más tarde, cuando el área está más despejada, llega Natalia, rauda, haciendo señas con las luces de su gran camioneta con lunas polarizadas. Cuando se estaciona, en seco, cerca de la vereda, hacemos contacto visual y dice, con las manos, que suba. Abre la puerta, me siento en el lugar del copiloto, y explica que acaba de dejar a Nati, su hija de 17 años, que está en quinto de media.

–¿Cuándo Nati era pequeña ibas con ella y la nana al Regatas?

–Sí, pero la nana no podía hacer uso de las instalaciones del club, lo que me parecía estúpido y ridículo… ¡La nana es la persona que cuida a tu hijo! Es la persona que te ayuda en la casa… ¡A ver, tú, hombre, ponte a cocinar, a lavar! –dice, como si yo tuviera la culpa, y me inquieta que se pueda salir de la pista, mientras bajamos a la Costa Verde, rumbo al Club Hípico Peruano, en Villa–. No se me ocurriría tratar como animal a nadie… Y eso que a los animales los adoro… Es más, cuando aparece cualquier bicho asqueroso, no sé, un ratoncito, todo el mundo dice: “¡Ay, un ratón!, ¡qué asco, mátalo!”. Pero yo no soy así… Hace ocho años recogí a un perrito de la calle, justo por la subida donde vamos a llegar a Chorrillos… Mi negrito precioso, un chusquito… Pero cuando llegué a la casa con él, ¡mi papá casi me mata!

–¿Vivías con tu papá en esa época?

–Siempre he vivido con mis padres, hasta que murieron… Mi padre (Manuel Málaga Bresani) murió en el 2011… Mi madre (Ida Dibós Chappuis), en el 89… Mi papi era ingeniero agrónomo, entonces siempre había, en nuestra hacienda de Ica, chivitos, caballitos, vaquitas, patitos, gansitos… ¡Pucha, qué lindo…! –Su voz se suaviza, sus ojos brillan–. Pero en la selva hay bichos que no me gustan, como las culebras… Los pájaros no se dejan agarrar y los monitos me fascinan… Yo tenía un monito, frailecito, que me lo traje de Iquitos cuando fuimos a jugar con la selección. En esa época todo el mundo adoraba a las jugadoras de vóley, así que en el aeropuerto, con el monito en mi maletín de mano, me dijeron “pasa, pasa, no más”. En mi casa lo metía en una jaula grande cuando se quedaba dormido por acá, calientito –me enseña su axila–, porque lo podía chancar… ¡Era el entretenimiento de la casa!

–¿Tienes hermanos?

–Soy la última de nueve hermanos –dice levantando la mirada, alerta, como si hubiera divisado algo en la pista–. Me jodían todo el día… ¡Ta’que tenía a ocho encima! Natalia tráeme esto, Natalia, lo otro, ¡yo también juego!, no tú eres mantequilla, lloraba y mi mamá les gritaba… –Lanza una breve risa–. Jaime, mi hermano, me ponía en el garaje de al frente y penal, penal, penal, los pelotazos me caían al cuerpo, ¡a la mala! Y yo lloraba… Cuando llevaba a los enamorados a la casa, mis cuatro hermanos decían, ¿y ese? Tiene que pasar por la terraza… Ellos practicaban karate en la terraza y tenían esos sacos para golpear y le metían puñetes a una madera, unos salvajes, andaban con los nudillos llenos de callos. La cosa es que decían, oe, ¿y este patita?, y yo les decía, no le digan nada, y ellos, oe, compadrito, ¿sabes meter puñete? ¡Tienes que saber defender a mi hermana!… Mis hermanos me han hecho picona, peleadora, achorada… Cuando la pelota caía en la casa de la vecina, ¿a quién trepaban por la pared? A mí…. Como era chiquita y flaquita, me bajaban con una soga, recogía la pelota y me volvían a subir…

–¿Vienes de una familia tradicional?

–He visto a mi viejo vestido con frac para ir a alguno de los fiestones que se hacían en el Club Nacional… Pero yo al Club Nacional he ido ya de grande, de vieja, cuando me han invitado a algún almuerzo o comida… La semana pasada estuve ahí... ¿Conoces? –No me deja responder y continua–: Te atienden con guantes, a la antigua, bien alto el ‘level’, ¿ah? Me gusta participar de ese tipo de eventos, relacionarme con esa gente, pero más cómoda me siento estando libre, sin maquillaje, ni peinados… De pronto, la alerta de radio de su Nextel irrumpe dentro de la camioneta.

Encuentra la nota completa en la edición 527 de COSAS.

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