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Emma Mc Bride, la primera Miss Perú



A dos meses de cumplir 98 años, doña Emma Mc Bride , o Memy como cariñosamente la llaman, sigue siendo hermosa. Una y otra vez veo su fotografía, con el cabello color chocolate, los labios rojos, sombras en los ojos, aretes de perlas, uñas pintadas, perfectamente arreglada, y pienso que el tiempo ha sido justo con ella. Me quedo encantada, como seguramente sucedió con el jurado calificador del concurso Señorita Perú aquel 10 de febrero de 1930, en el Country Club, hotel inaugurado tres años antes.

Era mediodía y el certamen, promovido por el diario “La Crónica” y la revista “Variedades”, entraba a la recta final. El jurado tenía la difícil tarea de elegir a la representante de nuestro país para el Concurso Latinoamericano de Belleza que iba a realizarse en Miami.

Por esos años, los concursos de belleza exaltaban las cualidades morales y dejaban en segundo plano los atributos físicos. Lo ideal era que la candidata reuniera ambas cosas, como Emma, candidata por el Callao, quien simplemente impactó al jurado y al público con su desfile en traje de baño.

De las diez candidatas que había, de pronto quedó sola. Memy lo tomó como un desaire, “cómo era posible que me dejaran”, diría en ese momento. Cansada por la espera, y sin nada de maquillaje, solo con un poco de polvo compacto, posó para el lente y salió espectacular. Era la primera foto como Señorita Perú, pero ella aún no lo sabía. No había el anuncio grandilocuente de estos tiempos.

Recién al día siguiente la noticia circuló en las páginas de los diferentes diarios. “Nunca pensé que pudiera triunfar () Cualquiera de ellas tenía más mérito que yo, hasta ahora me parece que vivo un sueño y estoy feliz, porque siento la felicidad a mi alrededor”, declaró aún aturdida.

Lo que vendría después sería una verdadera fiesta, el recibimiento en Palacio de Gobierno, el saludo del presidente Augusto B. Leguía y las celebraciones en los hoteles y teatros de la ciudad. Incluso se jugó en su honor un partido de fútbol en el estadio Modelo de Bellavista y le realizaron un documental.


EN MIAMI
La representación en Miami fue excepcional. En el certamen lució el traje de una ñusta. Los colores intensos de la vestimenta junto con la gracia y el espíritu vivo de Memy pusieron la nota de color. Cuatro meses después, el 16 de junio, nuestra Señorita Perú regresó para continuar viviendo su historia, esa que empezó en una mansión de la calle Cochrane.

“De chica yo he sido un poco marimacha, mi afición a las bolas, a la pega o al trompo siempre primó sobre las muñecas, confesaría ya de joven”, declaró.

Cuando Emma cumplió 8 años, su padre, el capitán de fragata Daniel Mc Bride, falleció. Su madre Carolina Miller quedó al cuidado de ella y de sus cinco hermanos. La familia se mudó a Chucuito y desde entonces el mar la sedujo, como alguna vez confesó: “Mi afición por conocer cosas nuevas, de sentir emociones inéditas, me impulsaba a estar siempre cerca del mar”.

Por esos años ya se avizoraba su futuro: fue Reina Infantil de Chucuito y, en 1929, el presidente Leguía la coronó Reina del Callao.

Con el título de Señorita Perú no perdió sus inquietudes de niña. Prefería “gorrear” un carro a viajar en un lujoso auto. “Una vez lo hice en carnavales y mi traje, que era de color negro, terminó plomo por la revolcada que me di”, confesó alguna vez.

LA CONQUISTARON
Un hombre 15 años mayor que ella, a través de cartas románticas y rosas rojas, la conquistó; y ella terminó casándose con él. El afortunado fue José Luis del Solar Castro, un importante hacendado de la época. Se casaron el 31 de diciembre de 1933, ella con 20, él con 35. “ Me caso a fin de año porque mañana será un nuevo año y una vida nueva”, afirmó el día de su boda.

La pareja se fue a vivir a Chancay y se dedicó al cultivo de naranjas. “Ella misma enseñaba a sus trabajadoras a “enjavar” las naranjas, pues siempre ha sido muy laboriosa. Cuando murió mi papá, ella se hizo cargo de toda la hacienda y de sus seis hijos”, cuenta admirada Ana María, una de sus herederas.


Memy se acerca a los 100 años y es la única sobreviviente de sus familiares coetáneos. Pero sola no está: sus hijos, nietos, bisnietos y tataranietos la acompañan siempre. Sigue viviendo en su casa de Chancay, junto al mar que tanto adora, y desde donde todos los fines de semana se dirige a la Plaza de Armas a comprar su helado favorito, con las mismas ganas de vivir que cuando era joven.











 

 

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